Fragmento:
“Todo lo puedo en Aquel que me conforta.”
— Filipenses 4, 13.
Reflexión:
La fortaleza cristiana nace de la unión con Cristo. Con su gracia, el alma supera las dificultades sin desanimarse.
Fragmento:
“Todo lo puedo en Aquel que me conforta.”
— Filipenses 4, 13.
Reflexión:
La fortaleza cristiana nace de la unión con Cristo. Con su gracia, el alma supera las dificultades sin desanimarse.
Fragmento:
“El Señor es mi fuerza y mi escudo.”
— Cfr. Salmo 27, 7.
Reflexión:
En la dificultad, el alma creyente se apoya en Dios. Él no quita siempre la prueba, pero da la fortaleza necesaria para atravesarla con fe y esperanza.
Fragmento:
“En el silencio y en la esperanza estará vuestra fortaleza.”
— Isaías 30, 15.
Reflexión:
El silencio interior permite escuchar la voz de Dios. En un mundo ruidoso, el alma necesita recogimiento para discernir, para orar y para obrar con sabiduría.


Fragmento:
“La Sagrada Eucaristía es el manantial de todo consuelo.”
— San Pío X.
Reflexión:
La comunión frecuente es la fuente de la vida cristiana. Allí recibimos al mismo Cristo, alimento que fortalece el alma y la llena de alegría. Quien vive unido a la Eucaristía, vive en unión íntima con Jesús.

Fragmento:
«En la Sangre de Cristo encontramos refugio y fuerza: ella es escudo contra los ataques del enemigo.»
— San Gregorio Magno, Homilías sobre los Evangelios.
Reflexión:
Cuando todo parezca difícil, invoquemos la Sangre de Cristo. Ella nos sostiene, nos purifica y nos da victoria en la lucha espiritual. Hoy, digamos con fe: “¡Sangre de Cristo, sálvanos!”.


Fragmento:
“La Sangre de Cristo es bebida espiritual que fortalece al débil y da valor al alma en el combate.”
— San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo.
Reflexión:
En las pruebas, podemos recurrir a la Sangre de Cristo como fuente de fortaleza y valor. Hoy, invoquemos con fe su Sangre preciosa para sostenernos en nuestras dificultades y perseverar en el bien.

Nada ayuda tanto a orar con confianza, como la experiencia personal de la eficacia de la oración, a la que la amorosa providencia ha respondido concediendo generosamente, plenamente, lo que se le pedía. Pero muchas veces nos ha dicho la Providencia que esperemos hasta el tiempo que ella designe. Al ver retardado el cumplimiento de sus plegarias, no pocos sienten que su confianza sufre un golpe considerable, no saben estar tranquilos cuando Dios parece sordo a todas sus súplicas. No, no perdáis nunca vuestra confianza en aquel Dios que os ha creado, que os ha amado antes de que vosotros pudierais amarlo y que os ha hecho sus amigos.
Elevad la mente, queridos hijos, y escuchad lo que enseña el gran Doctor santo Tomás de Aquino cuando explica por qué las oraciones no son siempre acogidas por Dios: “Dios oye los deseos de la criatura racional, en cuanto desea el bien. Pero ocurre acaso que lo que se pide no es un bien verdadero, sino aparente, y hasta un verdadero mal. Por eso esta oración no puede ser oída de Dios. Porque está escrito: Pedís y no recibís, porque pedís mal”. Vosotros deseáis, vosotros buscáis un bien, como os parece a vosotros eso que pedís; pero Dios ve mucho más lejos que vosotros en aquello que deseáis. Así como Dios cumple los deseos que se le exponen en la oración, por el amor que tiene hacia la criatura racional, no hay que maravillarse si en algunas ocasiones no oye la petición de aquellos que ama de modo particular, para hacer en cambio lo que, en realidad, les ayuda más.
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