Domingo de Pasión

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Después de haber propuesto a la meditación de los fieles durante las cuatro primeras semanas de Cuaresma, el ayuno de Jesús en la montaña, ahora la Iglesia consagra a la consideración de los dolores del Redentor las dos semanas que nos separan aún de la fiesta de Pascua. No quiere que sus hijos se presenten en el día de la Inmolación del divino Cordero sin haber preparado sus almas con la meditación en los dolores que Él sufrió en nuestro lugar. La Iglesia manifiesta sus dolorosos presentimientos, cubriendo la imagen del divino Crucificado. La Cruz misma ha dejado de ser visible a las miradas de los fieles; está tapada por un velo, las imágenes de los santos no están visibles; para hacer comprender a todos los fieles, que, sin penitencia, no pueden llegar a la visión de Dios. El cielo de la Iglesia se pone cada vez más sombrío; los tonos severos de los que se había revestido en el curso de las cuatro semanas que acaban de pasar, ya no son suficientes para demostrar su duelo. Preparémonos, pues, a estas fuertes impresiones desconocidas con harta frecuencia por la piedad superficial de nuestros tiempos.

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Los Sacramentos y la Pasión de Cristo

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Cristo, pues, nos mereció todas las gracias y todas las luces: su muerte nos abrió de nuevo las puertas de la vida y nos ha “traslado de las tinieblas a la luz”; ella es “la causa de nuestra salud y de nuestra santidad”.

Los Sacramentos, que son los canales por donde la gracia y la vida divina fluyen a nuestras almas, no tienen valor sino por el sacrificio de Cristo. Si estamos hoy en estado de gracia, ¿a qué lo debemos? Al bautismo. Y ¿quién nos mereció los frutos del bautismo? La muerte de Cristo. En el sacramento de penitencia somos igualmente lavados en la Sangre del Redentor. De la cruz traen su virtud los sacramentos; y no tienen eficacia sino en cuanto van unidos a la Pasión santa de Cristo. La muerte de Jesús es la fuente de nuestra confianza. Mas para que ésta sea del todo eficaz, es preciso que nosotros mismos participemos de su Pasión, contemplando a Jesús, con fe y amor, en las diversas fases de la vía dolorosa. Cada año la Iglesia vive con Jesús en la Semana Santa, día por día y hora tras hora, los diversos pasos del sangriento drama del Calvario, y pone ante los ojos de todos sus hijos el horrible cuadro de esos dolores que salvaron a los hombres.

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El criado no es más que su amo

Publicado por: Servus Cordis Iesu

No nos contentemos sólo con leer estas cosas de Cristo: mantengámoslas en nuestros pensamientos: la corona de espinas, el manto púrpura, la caña, los golpes, las bofetadas en las mejillas, los esputos, el ridículo. Si continuamente las ponderamos, tales cosas bastarán para frenar por completo nuestra ira. Si se burlan de nosotros, si somos tratados injustamente, sigamos diciendo: El criado no es más que su amo.

Recordemos también lo que le dijeron los judíos, con palabras llenas de ira: Tienes un demonio; eres un samaritano; y, por arte de Belcebú echas los demonios. Soportó todos estos sufrimientos para que siguiéramos sus pasos y para que tolerásemos la burla, el insulto que más hiere.

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Señora de la Compasión, Mujer de Dolores, Reina de los Mártires

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Se puede ponderar el dolor grande que sentiría la Virgen nuestra Señora cuando oyese los golpes de martillo al tiempo que enclavaban a su Hijo; porque un mismo golpe penetraba con el clavo la mano o el pie del Hijo, y traspasaba también con agudo dolor el corazón de la Madre.

¡Oh Virgen Soberana!, si a vuestro Hijo cuadra bien el nombre de Varón de dolores, a Vos también os cuadra otro semejante llamándoos Mujer de Dolores, pues con verdad podías decir a todos los que estaban en aquel monte y pasaban por aquel camino: Atended y mirad si hay dolor semejante al mío.

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La mirada a Cristo doliente

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Debemos gustar de meditar la Pasión, porque en ella es donde más resaltan las virtudes de Cristo. Cierto que posee todas las virtudes, pero la ocasión de manifestarlas se ofrece como nunca en su Pasión. Su amor inmenso hacia su Padre, su caridad para con los hombres, el odio al pecado, el perdón de las injurias, la paciencia, la suavidad, la fuerza, la obediencia a la autoridad legítima, la compasión, todas estas virtudes brillan de una forma heroica en estos días dolorosos.

Cuando contemplamos a Jesús en su Pasión, vemos al ejemplar de nuestra vida, al modelo, admirable, pero accesible a la vez, de estas virtudes de compunción, de abnegación, de paciencia, de resignación, de abandono, de caridad, de suavidad que debemos practicar para llegar a ser semejantes a nuestro divino Capitán: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame”.

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El Crucificado en el árbol de la vida produce el fruto de la salvación

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Dice san Juan en el Apocalipsis: Me mostró el Señor que a ambos lados del río crecía un árbol de la vida (Ap 22, 2). Ese árbol de la vida es Cristo crucificado, del cual se dice que está a una y a otra parte del río, ya que los padres del antiguo y nuevo Testamento también se han salvado por él. Y el mismo Dios, como se expresa en esa figura, ofrece en la cruz frutos universales producidos por ese árbol para la salvación del género humano.

Podemos considerar cuatro de esos frutos con relación al género humano.

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Todos los santos han recorrido el Vía Crucis

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Ningún santo ha subido al cielo sobre una alfombra de flores, llevando sobre la cabeza la corona de la gloria terrena, con la sonrisa y la alegría. Todos han hecho su propio Vía crucis, con la corona de espinas en su cabeza, en medio de muchas aflicciones, trabajos y fatigas. Felices, ciertamente, porque tocados por la gracia divina gozaron de momentos de gloria celeste, sintiendo a su lado a Cristo crucificado, sintiéndolo soportar con ellos el peso de la cruz, sintiéndose abrasar en el amor de su corazón, divisando ante de sí, entre nieblas, el futuro, la gloria y la felicidad, la gloria sin fin. No conocieron la fortuna en la tierra, más bien estuvieron alejados de ella, se defendieron de ella, huyeron de ella cuando salía a su encuentro, temblaron ante ella más que ante la cruz, y a la cruz tendieron sus manos como hacia un puerto de salvación.

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Domingo de Quincuagésima

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Suplicámoste, Señor, escuches clemente nuestros ruegos: y, libres de los lazos de los pecados, defiéndenos de toda adversidad.

Lección de la Epístola del Apóstol S. Pablo a los Corintios

Hermanos: Si hablara las lenguas de los hombres y de los Ángeles, pero no tuviera caridad, sería como un bronce sonoro, o como una campana que retiñe. Y si tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; y si tuviera tal fe, que trasladara los montes, pero no tuviera caridad, no sería nada. Y si distribuyera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo, para ser quemado, pero no tuviera caridad, de nada me serviría. La caridad es paciente, es benigna: la caridad no es ambiciosa, no busca sus cosas, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la iniquidad, sino que goza con la verdad: todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta. La caridad no desaparece nunca, aunque pasen las profecías, aunque cesen las lenguas, aunque se destruya la ciencia. Porque ahora conocemos sólo en parte, y en parte profetizamos; mas, cuando llegue lo perfecto, desaparecerá lo parcial. Cuando era niño, hablaba como niño, juzgaba como niño, pensaba como niño. Mas, cuando me hice hombre, abandoné las cosas de niño. Ahora vemos por espejo, en obscuridad; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco en parte; pero entonces conoceré como soy conocido. Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad: la mayor de ellas es la caridad.

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El Martirio de María Santísima

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Jesús y María han llegado a la cumbre de esta colina que debe servir de altar al más augusto de los sacrificios; mas el decreto divino no permite a la madre acercarse a su hijo. Cuando la víctima esté preparada se acercará aquella que la deba ofrecer. Esperando este solemne momento ¡qué tormentos para Nuestra Señora a cada martillazo que daban en el madero sobre los miembros delicados de su Jesús! Y cuando, por fin, le es permitido acercarse con Juan el discípulo amado, con Magdalena y las otras compañeras; ¡qué angustias mortales experimenta el corazón de esta madre, que, elevando sus ojos, contempla con lágrimas el cuerpo destrozado de su hijo, violentamente extendido sobre el patíbulo con el rostro bañado en sangre, y cubierto de esputos, con la cabeza coronada con una diadema de espinas!

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