La Comunión es el convite en que Cristo se da como Pan de vida

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Cuando, al orar, pedimos al Señor que nos diga por qué, en su eterna sabiduría, se dignó instituir este inefable sacramento, ¿qué nos responde el Señor?

Nos dice lo que por vez primera dijo a los judíos, al anunciarles la institución de la Eucaristía: “Como el Padre que vive me envió, y yo vivo por el Padre, así el que me comiere vivirá por mí”. Como si dijera: Todo mi anhelo es comunicaros mi vida divina. A mí, el ser, la vida, todo me viene de mi Padre, y porque todo me viene de Él, vivo únicamente para El; así, pues, yo sólo ansío que vosotros también, que todo lo recibís de mí, no viváis más que para mí. Vuestra vida corporal se sustenta y se desarrolla mediante el alimento; yo quiero ser manjar de vuestra alma para mantener y dar auge a su vida, que no es otra que mi propia vida. El que me comiere, vivirá mi vida; poseo en mí la plenitud de la gracia, y de ella hago partícipes a los que me doy en alimento. El Padre tiene en sí mismo la vida, pero ha otorgado al Hijo el tenerla también en sí; y como yo poseo esa vida, vine para comunicárosla abundante y plena. Os doy la vida al darme a mí mismo como manjar. Yo soy el pan de vida, el pan vivo que bajó del cielo para traeros la vida divina; ese pan que da la vida del cielo, la vida eterna, cuyo preludio es la gracia. Los judíos en el desierto comieron el mana, alimento corruptible; pero yo soy el pan que siempre vive, y siempre es necesario a vuestras almas, pues “si no le comiereis, pereceréis sin remedio”.

Sigue leyendo

Lleno del espíritu de todos los justos

Publicado por: Servus Cordis Iesu

¡Con qué veneración debemos acercarnos hoy a este hombre, de quien San Gregorio Magno escribió que “estuvo lleno del espíritu de todos los justos!”. Si consideramos sus virtudes, veremos que igualan a todo lo que los anales de la Iglesia nos dicen de los demás santos. La caridad de Dios y del prójimo, la humildad, el don de oración, el imperio sobre todas las pasiones, hacen de él una obra maestra de la gracia del Espíritu Santo. Obras milagrosas llenan toda su vida: curación de enfermedades humanas, poder sobre las fuerzas de la naturaleza, imperio sobre los demonios y hasta poder de resucitar a los muertos. El espíritu de profecía le descubre el porvenir y hasta los pensamientos más íntimos no escapan a los ojos de su espíritu. Estos rasgos sobrenaturales se encuentran realzados por dulce majestad, por grave severidad y misericordia caridad, que brillan en cada una de las páginas de su biografía, escrita por uno de sus discípulos, el Papa San Gregorio Magno, quien se encargó de transmitir a la posteridad todo lo que Dios se había dignado realizar en su siervo Benito.

Sigue leyendo

El Crucificado en el árbol de la vida produce el fruto de la salvación

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Dice san Juan en el Apocalipsis: Me mostró el Señor que a ambos lados del río crecía un árbol de la vida (Ap 22, 2). Ese árbol de la vida es Cristo crucificado, del cual se dice que está a una y a otra parte del río, ya que los padres del antiguo y nuevo Testamento también se han salvado por él. Y el mismo Dios, como se expresa en esa figura, ofrece en la cruz frutos universales producidos por ese árbol para la salvación del género humano.

Podemos considerar cuatro de esos frutos con relación al género humano.

Sigue leyendo

He aquí que llega nuestra Redención

Publicado por: Servus Cordis Iesu

¿Quién libra de la muerte, sino el libre entre los muertos? Y ¿qué significa libre entre los muertos, sino sin pecado entre los pecadores? Ved venir, dice nuestro mismo Redentor; ved que viene el príncipe de este mundo, y ninguna cosa hallará en mí. Mantiene bajo su dominio a los que engañó, a los que sedujo, a los que llevó al pecado y a la muerte; pero en mí no hallará nada. Ven, pues, oh Señor; ven, que te conozca el esclavo, que huya el esclavizador; sé tú mi libertador.

Perdido me halló aquel a quien el diablo ninguna de las obras de la carne halló. Halló, sí, en Él carne el príncipe de este siglo; hallóla, pero ¿qué carne? Una carne mortal, crucificable, matable. Pero te engañas, ¡oh seductor!; no podrás engañar al Redentor: sí, estás en un error. Ves en el Señor carne mortal, pero no es carne de pecado; es una semejanza de la carne de pecado. Porque Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado. Carne verdadera, carne mortal; pero no carne de pecado.

Sigue leyendo

Todos los santos han recorrido el Vía Crucis

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Ningún santo ha subido al cielo sobre una alfombra de flores, llevando sobre la cabeza la corona de la gloria terrena, con la sonrisa y la alegría. Todos han hecho su propio Vía crucis, con la corona de espinas en su cabeza, en medio de muchas aflicciones, trabajos y fatigas. Felices, ciertamente, porque tocados por la gracia divina gozaron de momentos de gloria celeste, sintiendo a su lado a Cristo crucificado, sintiéndolo soportar con ellos el peso de la cruz, sintiéndose abrasar en el amor de su corazón, divisando ante de sí, entre nieblas, el futuro, la gloria y la felicidad, la gloria sin fin. No conocieron la fortuna en la tierra, más bien estuvieron alejados de ella, se defendieron de ella, huyeron de ella cuando salía a su encuentro, temblaron ante ella más que ante la cruz, y a la cruz tendieron sus manos como hacia un puerto de salvación.

Sigue leyendo

Grandeza de la vocación Sacerdotal

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Muchas cosas se podrían decir al respecto; pero limitémonos a tres, enumerando aquellas cosas que pueden entusiasmar a un joven en favor de la vocación, o a una familia a cultivarla esmeradamente en sus hijos. 

Ante todo, la vocación es grande por ser una gracia selecta del Corazón de Jesús. El candidato al sacerdocio ha sido objeto de una elección por parte de Dios; y esta elección implica una preferencia; y esta preferencia implica un amor mucho mayor.

Acordémonos del ejemplo del joven rico. Dice el Evangelio, con extremada delicadeza, que Nuestro Señor, al ver a ese joven que desde su juventud había observado todos los mandamientos, “lo miró atentamente y lo amó”. Ese es el secreto de la vocación, que podemos adivinar igualmente en todos los apóstoles. ¡Qué encantadoras son las páginas del Evangelio que nos narran el llamado de Andrés, de Juan, de Santiago, de Pedro! Cómo Nuestro Señor atrae a esos jóvenes, se los gana, los ama, los escoge, y les dice claramente: “Dejadlo todo y seguidme, que Yo os haré pescadores de hombres”. Esta elección divina supone, claro está, una providencia especial de Dios respecto de su elegido, y una singular preferencia divina.

Sigue leyendo

Asociación de la Virgen a la obra redentora de su Hijo

Publicado por: Servus Cordis Iesu

Es de Ella y de Ella sola, de quien Cristo tiene su naturaleza humana; es a Ella a quien debe el ser Hijo del Hombre; Ella es verdaderamente Madre de Dios. María ocupa, pues, de hecho, en el Cristianismo un lugar único, trascendente, esencial.

Tal es la inefable unión que existe entre Jesús y María; Ella es su madre y Él es su Hijo. Esta unión es indisoluble; y como Jesús es al mismo tiempo el Hijo de Dios venido para salvar al mundo, María está, de hecho, íntimamente vinculada al misterio vital de todo el Cristianismo. Este es el fundamento de todas sus grandezas: el privilegio especial de su maternidad divina.

Sigue leyendo

Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús

Publicado por: Servus Cordis Iesu

El Arcángel dice a María: “Le pondrás por nombre Jesús”; ahora bien, Jesús quiere decir Salvador. ¡Qué dulce será este nombre para el mortal perdido! y, ¡cómo acerca ese solo Nombre al cielo con la tierra! ¿Hay alguno más amable y más poderoso? Si, al sonido de ese divino Nombre, debe doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos ¿habrá algún corazón que no se conmueva de amor al oírlo? Mas, dejemos que nos describa San Bernardo el poder y la dulzura de ese bendito Nombre. He aquí cómo se expresa a este propósito en su Sermón decimoquinto sobre el Cantar de los Cantares.

“El Nombre del Esposo es luz, alimento, medicina. Ilumina, cuando se le publica; alimenta, cuando en él se piensa, y cuando en la tribulación se le invoca, proporciona lenitivo y unción. Detengámonos, si os place, en cada una de estas cualidades. ¿Cómo pensáis que pudo derramarse por todo el mundo esa tan grande y súbita luz de la fe, sino es por la predicación del Nombre de Jesús? ¿No nos llamó Dios a su admirable luz, por medio de la antorcha de su bendito Nombre? Al ser iluminados por ella, y viendo en esta luz otra luz, oímos a San Pablo que acertadamente nos dice: Erais antes tinieblas, mas ahora luz en el Señor.

Sigue leyendo